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A propósito del mes de la familia.

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Somos muchos los que percibimos que ha habido un aumento de trastornos psicológicos en adolescentes, pre adolescentes e infancia desde el 3er grado de primaria. El referimiento a padres de llevar a sus hijos a buscar atención clínica con terapeutas o psiquiatras infantiles parecen haber aumentado en los últimos años. Como psicóloga recibo una familia con muestras de ciertos síntomas clínicos manifestados en los hijos como: depresión, ansiedad, agresividad, mutismo selectivo, entre otros, comienzo explorando el funcionamiento cotidiano de la familia. 

En nuestra sociedad hay poca consciencia de que el desarrollo o no de algunos trastornos emocionales y de una sana estabilidad, encuentra su raíz en el estado emocional de la familia en la que el individuo crece, se desarrolla y observa cómo se enfrentan los problemas de la vida real, haciendo de este diario entrenamiento unas herramientas que son con las que cuentan para resolver. Una de estas herramientas es la capacidad de resistir situaciones fuertes, lucharlas y enfrentarlas sin perder la cordura: Resiliencia.

Podría pasar por ejemplo que en una misma familia de 5, 3 o 4 de los miembros puedan salir adelante con los problemas y 1 o 2 cae en depresión o se refugia en las drogas o en una vida desorganizada. Han sido criados de la misma forma, la misma base y oportunidades, los mismos valores. Nunca como ahora se había observado el aumento de la baja resiliencia en niños y adolescentes ante los problemas cotidianos y hago una correlación de esto con algunos cambios que está experimentando la familia hoy en día. Aclaro que cada situación es individual y especial; en estos temas no podemos generalizar ya que son muchos los factores que inciden para que se determine la existencia o no de un trastorno emocional en una persona.

 Antes: los niños sabían muy bien a donde pertenecían, había una base firme en la cual apoyarse, bajo la dirección innegable de los padres, presentes de acuerdo a roles preestablecidos de la madre y el padre. Hoy, la mayoría de nuestros hijos están creciendo con sustitutos de figuras parentales, tienen un padre y una madre que tienen que ausentarse por cantidades industriales de horas para poder suplir las necesidades de la familia. Nos apoyamos en personas que creemos están siguiendo nuestras órdenes pero que a ciencia cierta no sabemos lo que pasa en ese tiempo. Yo he tenido niños que han hecho duelo de abandono porque se fue la nana, he tenido casos de madres que no saben de las medicinas y les preguntan a la nana el horario en que se la toma y cosas así; Estamos cada vez más cansados cuando llegamos a casa, -yo por lo menos- a veces llego sin fuerzas, lo que nos impide revisar estructuras y dar seguimiento a cosas que antes simplemente no se dejaban pasar por alto.

 Antes: el tiempo y la calidad de tiempo iban de la mano, no discutían entre sí su importancia o lugar. Yo aprendí a jugar jacks porque mi mamá se sentaba en el piso a enseñarme, aprendí a hacer bizcochos porque ella me enseñó cómo leer una receta y convertirla en un plato. Aprendí a disparar una escopeta porque mi papá me mostró todo sobre esa pasión que él tenía por la cacería; y eso no se logra con calidad, se logra con una combinación adecuada de tiempo y calidad.

 Antes: era muy claro lo que se podía hacer y no se podía hacer; aunque no supieras nunca el por qué no había que seguir ese lineamiento. Ahora el niño de corta edad te pregunta 20 veces por qué no y luego que te esfuerzas en explicar te dice: “eso no tiene ninguna lógica”, y nosotros nos quedamos en el aire sin saber muy bien cómo reaccionar a esta forma de respuestas que eran inaceptables cuando nosotros íbamos creciendo. 

 El orden, los límites, la estructura, la seguridad, las herramientas de socialización, los valores, las costumbres, la habilidad para resolver y enfrentar los conflictos con asertividad se dan en la familia. En la observación de los miembros entre sí, en la comunicación, en la dirección, hasta en los pleitos entre los hermanos y el papel que juegan los padres en esto.

 ¿Tiene todo malo la familia moderna?  NO!! ¿Tiene todo bien la familia antigua? NO!! Estamos llamados a buscar un equilibrio entre aquello que conocimos y lo que se nos está presentando hoy.  Uno de los puntos básicos que no podemos dejar ir con los cambios de la sociedad es que la educación de los hijos es responsabilidad de los padres. Preservamos la sanidad emocional de nuestros hijos actuando con madurez, como adultos, como líderes. Es nuestra responsabilidad corregir, no dejar pasar, ni hacerlo con paños tibios o con miedo. Corregir un comportamiento asertivamente y a tiempo evita mucho dolor a los hijos y a nosotros mismos como padres. Escuché decir a un sacerdote que su madre le decía ella lo corregía porque el infierno está lleno de hijos que no fueron corregidos por sus padres. (duro, pero en ocasiones muy cierto)

 ¿Qué es educar? Educar es sacar de adentro de un hijo lo mejor de sí mismo, acompañarlo a que desarrolle en plenitud sus potencialidades, su poder ser y deber ser.  No se puede educar sin autoridad que no es lo mismo que el autoritarismo  (característica común en épocas anteriores para educar) y que significa: “yo mando y tu obedeces”; autoridad significa promover el crecer, la comunicación libre de miedos, escuchar y tomar en cuenta a todos los miembros de la familia a la hora de establecer una regla o tomar una decisión importante.

 No podemos liderar una familia desde la distancia. Hay que sacar fuerzas y despertar antes o acostarnos más tarde, ir a mitad del día a casa de cuando en vez. Visitar el colegio o escuela, hablar con los maestros, revisar tareas, observar el ánimo de nuestros hijos, hablar con ellos, corregir, o resaltar algún manejo positivo de alguna situación del día  y hacer una por lo menos una actividad divertida.  Si integramos todo esto vemos que liderar la familia se basa en acompañarlos, estar cerca para promover lo mejor de ellos mismos.

Los Principios que debemos resaltar en la familia siempre es el valor de cada miembro por si mismo; sus propios talentos, habilidades e intereses. Cada hijo merece el respeto a su vocación; podemos aconsejar, guiar, pero sobre todo se trata de apoyarles.

Lograr expresar la diferenciación de cada uno de los hijos; así sean gemelos idénticos ningún hijo es igual al otro; debemos hacernos expertos en identificar la diferencia entre uno y otro y validarlos por quienes son. “La educación hoy en día debe ser artesanal y no industrial” (cita de un colega argentino).

 Debemos tomar en cuenta también que así como tenemos una imagen que mostramos al mundo, también poseemos una imagen de vida en nuestro interior: nuestros sueños, esperanzas, preocupaciones, angustias, alegrías y tristezas entre otros… es importante llegar al corazón de nuestros hijos y ayudarles a definir estos sentimientos que muchas veces son desconocidos para ellos en el proceso de crecer en el que se encuentran y tenemos que aprender a llegar al corazón de ellos; el camino es a través de la comunicación. 

Y por último, el aprendizaje de que nuestros hijos deben buscar dentro de la libertad, aprender a autocontrolarse, ser dueños de sus vidas, conocerse ellos mismos, esforzarse en superar debilidades y miedos tomados de nuestras manos, reforzando los valores de nuestra familia, el dominio de los impulsos, para que en medio de cada ejercicio de vida real pueda llegar el momento en que les vayamos soltando poco a poco hasta que su andar sea seguro y sano y entonces puedan “volar su vuelo” en libertad.

Lic. Regina E. Pérez de González, MA

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